George Yudice: El recurso de la cultura

Adriana González Mateos
El subtítulo de este libro (Los usos de la cultura en la era global) parece planeado para incomodar. Desde los primeros párrafos se establece que los contenidos de la cultura han pasado a segundo plano, desplazados ante la atención crítica por el cambio radical que ha sufrido su uso. Tan radical que George Yúdice (así como yo misma y seguramente los lectores de esta reseña) pueden recordar tiempos no tan remotos en los que la idea de uso de la cultura habría parecido una herejía lamentable. No hace ni dos meses, uno de mis estudiantes de licenciatura me dijo con inconmovible seriedad que la poesía es la menos corruptible de las artes, ya que no ha entrado al mercado. Pero en una línea de característica concisión, Yúdice toma su distancia respecto a Adorno y Horkheimer: la crítica a la mercantilización de la cultura ya ni siquiera forma parte de su argumentación. Sencillamente, llegamos un poco tarde a un mundo ya viejo y sabemos que ni la poesía ni ninguna de las artes, pero tampoco ninguna actividad intelectual, ni siquiera ninguna manifestación cultural de esas que forman el alma genuina de los pueblos, puede seguir floreciendo sin una fuente de financiamiento más o menos decente. La frase anterior ha llegado a ser tan obvia que sólo la escribo por un esfuerzo de claridad. Estamos en un momento en que la cultura, para garantizar su viabilidad y supervivencia, debe demostrar que tiene algún tipo de utilidad, que aún puede servir para algo.

Dos frases al vuelo: hace poco más de cien años, Oscar Wilde escribía en un prefacio calculado para irritar que todo arte es perfectamente inútil. Yúdice contesta con una conclusión expresada en una reunión dedicada a discutir el financiamiento trasnacional de la cultura, celebrada en Bellagio en 1999: “la cultura por la cultura misma, cualquiera que ésta sea, nunca será financiada, a menos que proporcione una forma indirecta de ganancia” . Hemos pasado de una crítica a la mercantilización de la cultura, más o menos basada en la nostalgia de los privilegios (espirituales o de clase, según el ángulo de visión) que permitían crear o disfrutar el arte, al estilo de Wilde o Baudelaire, o bien al estilo de la cultura amparada en México por el Estado corporativo, a una cultura que no ha muerto en la era del capitalismo global, pero se ha descubierto como recurso.

Desde luego, esto establece otro criterio posible para leer un canon literario o artístico, cualquier canon: las obras que en su momento sirvieron, recibieron apoyo y consagración y fueron posteriormente confirmadas porque su reutilización era posible o provechosa. Pero no sólo la alta cultura se ha transformado en un recurso: lo mismo puede decirse de la cultura considerada en su sentido antropológico, y desde luego, de la cultura de masas. Las distinciones entre las tres tienden a borrarse, a medida que todas se convierten en recursos necesitados de administración y gestión y aprovechados con ingenio y eficiencia por actores muy diversos.

Un buen ejemplo son las reivindicaciones culturales del EZLN. Los zapatistas no sólo reivindicaron la diversidad cultural como argumento contra la uniformidad impuesta por el neoliberalismo, sino que utilizaron un lenguaje que dramatizaba esa diferencia de culturas (“En el mundo que queremos caben muchos mundos. En la nación que construimos todas las comunidades y todas las lenguas caben, todos los pasos andan, todos ríen, todos viven el amanecer.” ) Demostraron su habilidad para utilizar para sus propios fines recursos culturales hasta entonces dominados en buena medida por el Estado contra el que se estaban rebelando, como los medios de comunicación masiva. Es igualmente famosa su utilización de la comunicación cibernética y su cuestionamiento de las técnicas de representación fotográfica, en suma, su empleo del recurso de la cultura para desestabilizar al mismo sistema que lo aprovecha constantemente. Pero el juego es recíproco: Yúdice señala también que, ya en enero de 1996, días después del primer levantamiento zapatista, el presidente de CONACULTA, Rafael Tovar y de Teresa, utilizaba desde el Estado un discurso muy similar (“la cultura contribuye a la manifestación de la diversidad étnica y social del país” , Programa de Cultura 1995-2000.)

De cualquier manera, el recurso de la cultura no está sólo a disposición de los poderosos, sino también de quienes resisten o están activamente comprometidos con la transformación de sus sociedades. Parece claro (y ya ha sido asimilado por quienes inviertan en cultura) que ésta puede servir para numerosos fines: la cultura es el recurso que permite el “rescate” y revalorización de zonas que así vuelven a ser atractivas para la inversión y la generación de empleos, como ahora sucede en el Centro Histórico de la Ciudad de México; puede convertirse en una manera de contrarrestar problemas sociales como la drogadicción o la violencia, tal como ha sucedido en Río de Janeiro, puede servir como núcleo para reivindicaciones políticas o identitarias. Sirve, en fin, para revitalizar y mantener los vínculos sociales amenazados por los reacomodos, destrucciones y cambios característicos de la época global.

Todo lo anterior cuestiona la prestigiosa idea de que el arte y la cultura (en este caso, lo que se llamaba la “alta cultura”) tienen ante todo una función crítica: ¿serían financiados, difundidos y canonizados si así fuera? En realidad, parece que el problema es un poco más complicado, pues como parece indicar el ejemplo de los zapatistas, las iniciativas más críticas y beligerantes pueden ser y son asimiladas. Pero esta palabra significa también que muchas de sus reivindicaciones son adoptadas y siguen inspirando otros esfuerzos de transformación. Si parece claro que es imposible pensar en la cultura sin considerar sus fines y utilidades, es decir, sin entenderla como recurso, también lo es que las interrogaciones abiertas y sus soluciones transitorias aún están sometidas a las refutaciones del tiempo, de los fenómenos en plena evolución.

Lo que hace tan estimulante la lectura de “El recurso de la cultura” es la decisión de someter a prueba toda conclusión, de considerarla siempre provisional, siempre a la espera de más datos, de otros ejemplos, de nuevas preguntas. Hay una voluntad de acometer el desafío intelectual que supone el mundo globalizado, de pensar qué ha sucedido en México, en Estados Unidos, en Brasil, en otros lugares de América Latina, de entender cómo hemos cambiado nosotros, nuestras culturas. Tras casi cuatrocientas eruditas páginas dedicadas a explorar los avatares de la cultura en los años recientes a través del análisis de informes, encuestas, estudios teóricos, manuscritos inéditos, festivales y expresiones musicales, exposiciones pictóricas, informaciones periodísticas y cibernéticas, obras literarias, etc., cuando estaba trabajando en la conclusión, Yúdice fue interrumpido por los ataques a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001: “mis argumentos acerca de la conveniencia de la cultura parecían increíblemente insignificantes” , y no podía terminar el libro sin un nuevo esfuerzo para tratar de pensar también ese nuevo acontecimiento. No es común esta disposición a pensar rigurosamente lo más inmediato, y por eso El recurso de la cultura ni siquiera necesita el asentimiento silencioso de sus lectores: basta con participar en esta inquisición inteligente, casi tan incesante como su objeto de estudio.

Yúdice, George. El recurso de la cultura: usos de la cultura en la era global. Barcelona: Gedisa, 2002.