Notas de lectura. Desgracia de J. M. Coetzee

Notas de lectura. Desgracia de J. M. Coetzee

Por Karla Montalvo

Compré Desgracia hace años, pero el título más la portada de la edición en español —la imagen de un perro flaco en blanco y negro—, hicieron que la guardara para “después”. Me dio miedo y ni siquiera la abrí.

Hace unas semanas, finalmente, la leí. Quedé asombrada, pasmada. Sin aire. Podría nombrar algunos elementos técnicos o temáticos y probablemente sólo repetiría lo que buenos críticos han dicho. La novela, además, me llegó de otra manera, desde otro ángulo. Desde la escritura; desde leer para la escritura; desde la insatisfacción, las dudas y el miedo propios de escribir.

 

 

Desgracia me mantuvo alerta, en tensión, a la expectativa. Aunque leí una traducción, pude notar que el estilo es sencillo y que está al servicio de la construcción del personaje y sus mundos. Al terminarla, pensé que el arte escapa y va más allá de la técnica. El protagonista, en el desenlace, decide renunciar a un perro con el que logró conectarse a través de la música en un contexto muy hostil. Renunciar a él significa no darle una semana más de vida y entregarlo al acto ambiguo de matarlo como un gesto de amor. Sin duda esa decisión tiene significado, altura, intensidad, en relación a toda la historia. El narrador lo construye con cuidado, con calma, sin prisa. Pero, al menos en esta lectura, no me preocupó cómo lo logró Coetzee. No, en términos técnicos. Lo asombroso no es sólo cómo lo hace (que, sí, sí es asombroso cómo lo hace), sino la idea, el hecho de que a Coetzee se le haya ocurrido aquel acto.

Tanto King como Gardner, en sus libros sobre la escritura, hablan de eso que se llama la visión del mundo. Y la dan por sentado (quizá King más que Gardner)… Pero no ahondan en ella. Cuando —así me lo parece a partir de Coetzee— ése es el meollo. Mi visión del mundo, tras aquella lectura, me resulta sosa, ingenua… Superficial. ¿Y qué hago? ¿Debo hacer algo? ¿No escribe una porque en el fondo de su fondo hay algo importante que tiene que decir? ¿No diría la lógica que una tiene una visión del mundo significativa y por eso la quiere escribir? ¿O una busca escribir sólo como una pulsión y al final se tiene o no la suerte de tener una visión del mundo? ¿Quién le enseñó a la niña Lispector a mirar con horror el chicle; a mirar la eternidad en aquel dulce “interminable”; terrible y trágico porque nunca se acaba?¿O quién le hizo mirar a Borges lo que miró en el tiempo? ¿O a Carpentier? La cultura, sí, lo social, sí, pero, como diría Dámaso Alonso, hay algo que simplemente permanece oculto, inaccesible. El misterio. El acto final del personaje de Coetzee.

De eso, creo, se trata la literatura.