El escote de Pancho Villa

Por Adriana González Mateos

Hace unos días salió en un periódico (en México) una fotografía que mostraba avances de la moda de primavera. Bajo una blusa de gasa transparente, la modelo mostraba sus pechos triunfantes, a los que la creatividad ciudadana podrá agregar, a medida que pasen las semanas y la moda se convierta en costumbre masiva, algún toque de maquillaje. La gasa se adornará de bordados, de botoncitos, de calados. A los pechos ni falta que les hace, aunque hace poco leía que para competir con las esfinges, las mujeres egipcias se pintaban los pezones de dorado.
Todo eso sucederá en París, por supuesto. En México, a pesar del calor, las mujeres seguirán cubiertas. Acorazadas. Antes de salir a la calle, cada una habrá comprobado que su ropa la protege. Desde sus primeros años ha aprendido que hay escotes que simplemente no se llevan en la calle. Ni faldas demasiado cortas ni pegadas, tampoco transparentes. Que nadie vaya a sospechar que no lleva brasier. No va a salir a divertirse, sino a afrontar el control ejercido por cualquier hombre que, a capricho, puede arrinconarla y manosearla. Ella sabe que, por su propio bien, no debe provocarlos. El asedio puede ser tan agobiante que en el transporte público de esta ciudad se separan algunos vagones para uso exclusivo de mujeres, pues toda la cautela descrita (y si le vamos a dar su nombre, digámoslo: la represión sexual impuesta por la agresión normalizada) ofrece una seguridad precaria.

Un turista podría sentirse incómodo con esta segregación. En otras ciudades, la llegada de la primavera permite la progresiva exhibición de los cuerpos ocultos durante el invierno, que por fin respiran, se expanden, gozan al quitarse capas de ropa. Las calles y el transporte público son lugares de encuentro. Mientras las jacarandas ofrecen sus flores moradas a las caricias del viento, las chilangas podrían descubrir sus pieles al aire ciudadano y arriesgarse a las miradas, diálogos e invitaciones que hacen de estos meses un tiempo tan propicio al ligue. ¿Por qué la parisina puede lucir sus hermosos pechos desnudos, por qué en Nueva York un año se exhiben tatuajes y piercings que sustituyen casi toda la ropa y al siguiente se pone de moda mostrar la ropa interior, por qué en Buenos Aires las lolas asoman tras escotes mínimos? Porque en esas ciudades las mujeres no necesitan protegerse ni de las miradas lascivas ni de la agresión que anuncian. Los hombres y las otras mujeres, sean cuales sean las pasiones despertadas, las miran con respeto, sabiendo que entre el deseo y su realización media el consentimiento. Hay un goce mutuo, de quien se expone y de quien mira, en esa exposición del cuerpo, en ciudades donde las mujeres no aprenden a sentirse amenazadas por el fantasma de José Alfredo Jiménez, que se agazapa dentro de cada posible agresor vociferando: sigo siendo el rey.
En un ensayo que debería ser un clásico, Isabel Vericat describe la experiencia de una violación y el posterior enfrentamiento con el sistema de administración de justicia, acostumbrado a dictaminar que, siempre y sin duda, la culpable de ser violada es la mujer. En el caso descrito por Vericat, sucedido en 1987, el juez afirmó que haber usado bikinis en el jardín de una casa en Morelos era suficiente provocación para que un grupo de hombres irrumpiera en la casa y violara a las mujeres; durante el juicio, las familias se encargaron de recabar testimonios sobre la  buena conducta de esos caballeros a quienes siguieron rodeando de cariño. Eso es lo que cada una aprende, no sólo en sus primeros años, sino cada vez que camina por la calle: es su responsabilidad prevenir la agresión de hombres acostumbrados a considerar su propia violencia como una manifestación de la naturaleza incontenible. Los años transcurridos desde el caso relatado por Vericat han acentuado el clima de amenaza: las violaciones y asesinatos de mujeres empezaron por ser ignorados en Ciudad Juárez, pese a los números crecientes y a los esfuerzos de las familias por obtener justicia. Hoy, la palabra feminicidio se usa en todo el territorio mexicano para describir la rutinaria impunidad que protege a quienes consideran la violencia contra las mujeres una prerrogativa natural.
¿Cómo se va a interferir con el soberano derecho de cualquier hombre a recordarle a cualquier mujer que está ahí para ser tomada, para someterse? Se habla del afán controlador del Estado, pero no del control que las mujeres sobrellevamos todos los días, una supervisión ininterrumpida, amenazante, tan normal que es invisible e interfiere con un derecho que debería ser tan reconocido como el supuestamente amenazado de mirar a una persona atractiva: el derecho a transitar con libertad, a sentirse segura, que por ejemplo se manifiesta en el goce de vestirse como a cada quien se le pegue la gana. O a desvestirse.
¿Será tan difícil que los hombres aprendan la diferencia entre mirar con gusto y mirar de forma amenazante?